sábado, 12 de abril de 2008
Cuando molesta el cartero
miércoles, 19 de marzo de 2008
Batato que estás en mi cielo!!!
Batato querido, sólo te encontré así... de cuclillas, recitando Lejanía...
http://www.youtube.com/watch?v=dB-HmxkPIGI
sábado, 15 de marzo de 2008
La Tierra no es redonda:
es un patio cuadrado
donde los hombres giran
bajo un cielo de estaño
Soñé que el mundo era
un redondo espectáculo
envuelto por el cielo,
con ciudades y campos
en paz, con trigo y besos,
con ríos, montes y anchos
mares donde navegan
corazones y barcos.
Pero el mundo es un patio.
(Un patio donde giran
los hombres sin espacio.)
A veces cuando subo
a mi ventana, palpo
con mis ojos la vida
de luz que voy soñando.
Y entonces digo: "El mundo
es algo más que este patio
y las losas terribles
donde me voy gastando"
Y oigo colinas libres,
voces entre los álamos,
la charla azul del ríoque ciñe mi cadalso.
"Es la vida", me dicen
los aromas, el canto
rojo de los jilgueros,
la música en el vaso
blanco y azul del día,
la risa de un muchacho...
Pero es soñar despierto.
(Mi reja es el costadode un sueño que da al campo)
Amanezco, y ya todo- fuera del sueño- es patio:
Un patio donde giranlos hombres sin espacio.
¡Hace ya tantos siglosque nací emparedado,
que me olvidé del mundo,
de cómo canta el árbol,
de la pasión que enciende
el amor en los labios,
de si hay puertas sin llaves
y otras manos sin clavos!
Yo ya creo que todo-fuera del sueño- es patio.
(Un patio bajo un cielode fosa, desgarrado,
que acuchillan y acotan
muros y pararrayos.)
Ya ni el sueño me lleva
hacia mis libres años.
Ya todo, todo, todo
hasta el sueño- es patio.
Un patio donde gira
mi corazón, clavado;
mi corazón, desnudo;
mi corazón, clamando;
mi corazón que tienela forma gris de un PATIO.
(UN PATIO DONDE GIRAN
LOS HOMBRES SIN DESCANSO)
Marcos Ana
Además, en estos largos años durante los que permaneció en la cárcel, se aficionó a la lectura de los clásicos. En la poesía encontraba una vía de escape, y en la década de los 50 comenzó a escribir sus primeros poemas, y lo hizo con el seudónimo de Marcos Ana. Y gracias a ellos, aunque Fernando Macarro estuviera encerrado, su voz no lo estaba. Una voz que llamaba a combatir la Dictadura con la palabra y que hacía un llamamiento a la liberación de los presos políticos. Y que encontraba cobijo entre los intelectuales exiliados que vivían fuera de nuestras fronteras, y los que se quedaron y callaron sus voces y sus corazones. Éstos, junto con Amnistía Internacional, pidieron su liberación, y la consiguieron en 1961. Claro está que esto no le permitió vivir en su país añorado, y tras permanecer varios años en París, volvió a España en 1986.
sábado, 1 de marzo de 2008
Derrumbe avisado
Podemos al pasar escuchar frases del tipo "ojalá que la maestra este año no pida muchos libros... mirá querido que caro que están... qué espanto éste está a $ 36!!!!", mientras muestran las grasas salientes de sus musculosas con un tostado Carlos Paz... donde pasaron unos días e invirtieron $ 70 en ver a Wanda Nara y otros iguales en ver al "Flaco Pailos"... también observamos el pujilato de un púber con su madre respecto de la "mochila" de moda y el dinero que su madre negoció en el lecho nupcial con su padre para invertir en el porta "cosas" sobre la agredida espalda del jovencillo.
Mientras este desembolso desenfadado para la escuela se experimenta con una angustia sólo cotejable a un Viernes Santo (para un creyente), me es imposible olvidar las rosagantes miradas populares que insuflaban hace apenas 2 meses las cajas de los comercios de ropa, indumentaria, supermercados, hipermercados, megamercados, supramercados y éstás mismas personas salían brillantes, descaradamente jubilosas, con la utopía de las Fiestas de Navidad y Fin de Año...
Desde la memoria selectiva de estas imágenes que bombardean mi frita mente educacional... no puedo más que entrar en una depresión excesivamente profunda, concluyendo en que para estos padres ¿es más importante un lechón adobado que la posibilidad de que: esa cosa que trajeron al mundo pueda expresar sus ideas con algo de claridad, comprender, un poquito apenas, qué es lo que pasa a su alrededor, quien dice... por allí ganarse la vida con alguna habilidad adquirida?
Y ante la pregunta inevitable... ¿para qué los mandan al Colegio?:
Aventuro respuestas:
- Para no pagar una niñera
- Para ahorrar un pesos en el almuerzo de esta termita.
- Para que le den zapatillas
- Para que aprenda a hacer algo y no tenga que mantenerlo hasta viejo.
- Para que cuando sea viejo/a me mantenga a mí (después de todo, armé un hogar sólo por eso)
- Todas son correctas
- No pienso tener hijos... soy gay (de paso mido otra cosa)
- No se qué es la Escuela
- No se qué es un hijo
- No contesto, estas cosas se hacen pero no se dicen.
Esta es una realidad clara de cómo funciona el sistema educativo en la Argentina del Siglo XXI.
Por favor... contesta la encuesta...
domingo, 24 de febrero de 2008
¿Un año más?
lunes, 11 de febrero de 2008
De Rusia, con amor
Y en cuanto a las cosas horribles que uno se imagina que puede infligirle a la carne la breve curvatura de esas navajas, Cronenberg insiste en que no se trata de sofisticados instrumentos turcos ni nada por el estilo, sino de sencillos cortadores de linóleo; herramientas comunes de oficios perfectamente nobles. Pero apenas aparecen, ya estamos en pleno terreno Cronenberg: involucrarse con las marcas, las deformaciones y aberraciones de la carne humana es lo suyo, como lo son todos los instrumentos cortantes que suele haber en sus películas y que parecen diseñados con precisión quirúrgica –incluso cuando se trata de herramientas ginecológicas– para el sadismo.
Esta es, como casi todas en la obra de Cronenberg, una historia en la que las historias quedan escritas en los cuerpos de los personajes.
Promesas del Este empieza con los dos momentos más sangrientos de la película. El primero es un degüello narrado en un primer plano sostenido, imperturbable, de una estilización seca. Su importancia está más allá del impacto rojo sangre: el que blande la navaja letal es el hijo un poco bobo de un pequeño capomafia. La escena nos introduce de cabeza en el género de la película, pero por encima de todo nos habla del mandato, de la estructura jerárquico-hereditaria que es central a este submundo. Aunque el verdadero asalto a los sentidos viene inmediatamente después, con una adolescente embarazada que se desangra y se desmaya al ingresar a una farmacia en busca de ayuda. Estamos en vísperas de Navidad: la chica muere en una sala de parto, pero el bebé se salva. La partera de guardia, Anna Ivanovna (Naomi Watts, cada vez más humana y creíble), se queda con un pequeño libro que la chica llevaba consigo; un diario personal que revela una historia de tráfico sexual en la que se involucra directamente a Semyon y a su hijo y a la comunidad mafiosa rusa en Londres. Y a Nikolai, el hombre a cargo de deshacerse de algunos de los trapos muy sucios de la familia. Aunque sus raíces son rusas, Anna es inglesa y no habla el idioma de sus antecesores. Enterados del contenido del diario, su madre y su tío le advierten que en sus páginas hay asuntos y personas peligrosas, gente “que no tiene nada que ver con ellos”. Miembros de la hermandad criminal del “Este” localizada en Inglaterra tras el fin de la Unión Soviética.
Semyon, su hijo Kirill y los demás jefes de la camorra soviética pertenecen a lo que se conoce como vory v zakone, algo que en la película aparece traducido como “criminales de ley”. Se trata de un sistema de “responsabilidad colectiva” con un firme código que se opone firmemente a, entre otras cosas, que sus miembros trabajen, y cuyo origen se remonta a los campos de prisioneros del estalinismo. Semyon y los suyos encarnan la estirpe contemporánea de esta fraternidad, producto del caos económico y político, la incertidumbre, el vacío de autoridad y el abandono en que se sumió la URSS a principios de los ’90, con el final de la Guerra Fría. Se cree que muchos de los jefes actuales de la mafia rusa son los cuadros del ejército rojo y ex oficiales de la KGB que quedaron boyando sin rumbo ante la brutal reducción de las fuerzas militares y de inteligencia. Algunos emigraron, perseguidos durante el comunismo, pero otros habrían salido del país cuando el viejo régimen cayó y debieron generar –con la Europa oriental desbandada– nuevos negocios.
Semyon intercambia adolescentes por costosas cajas de cognac con las que agasaja a los clientes de su restaurante y a los otros jefes criminales. Restaurante de tópicos tradicionales –un músico interpreta “Oci ciorne” ante una concurrencia de ancianas rusas–, El Transiberiano condensa el sueño de revivir la Madre Patria en el extranjero. El alma rusa aparece pintada como esa cosa insondable, teñida de fatalidad. La gran tragedia, de aires clásicos, de Semyon radica en ser un rey cuyo hijo no es un digno príncipe heredero. Se dice por ahí, tal como le comenta tímidamente Nikolai, que Kirill es homosexual, toda una desgracia tratándose del único en la línea de sucesión. La tragedia de Nikolai es otra, que se irá develando parcialmente y por capas: el hombre, que exhibe un raro sentido del humor y cierto encanto soterrado, lleva los distintos capítulos de su vida marcados en sus tatuajes. Un aporte del propio Mortensen al guión original del inglés Steve Knight –el guionista de Negocios entrañables, la película de Stephen Frears sobre el tráfico de órganos en Londres–, a partir del libro Tatuajes criminales rusos y un documental sobre el tema, La marca de Caín, a los que recurrió en su investigación para el personaje y con los que hipnotizó a Cronenberg. De traje oscuro, con un andar mecánico y tranquilo, y ese increíble peinado parado, entre punk y rockabilly, se define enigmáticamente diciendo: “Estoy muerto desde los 15 años. Ahora vivo eternamente en La Zona”. La canción que se escucha mientras se desnuda ante el consorcio de venerables rusos que habrán o no de aceptarlo en su fraternidad es un tema tradicional llamado, cómo no, “Esclavitud y sufrimiento”.
Promesas del Este es una película de mafia que habla, como casi todas las películas de mafia, de honores deshonrados, de venganzas y de violencia, pero que se centra en un tipo de violencia muy específico. Una violencia antigua, perteneciente a un micromundo perdido en el tiempo –todavía sumido en la tradición, en los mandatos–, pero ubicado geográficamente en uno de los mundos más modernos posibles (mientras la película era filmada, no muy lejos del equipo de producción la policía registraba la zona en la que había sido envenenado el ex agente de la KGB Alexander Litvinenko y buscaba rastros de polonio). Y si parece que esta película no pertenece al universo de su director, es un parecer apenas epidérmico. Bajo esa piel fácil de rasgar se oculta –como señala el crítico Jim Hoberman en su entusiasta reseña para el Village Voice neoyorquino– uno de los grandes temas de Cronenberg: la normalidad. En las películas de Cronenberg la normalidad es lo deforme, lo mutante, lo monstruoso; y en Promesas del Este las monstruosidades del tráfico sexual y la prostitución forzada son moneda corriente en la Rusia londinense. Una monstruosidad cotidiana cuyos cadáveres pueden hacerse desaparecer normalmente, como si nada extraño hubiera sucedido, en el Támesis; y en la que todo lo que anda mal debe acabar mal. Pero por una vez se interpone, como un milagro navideño, esa partera sensible y con los pies firmes en la tierra, que consigue cortar, aunque sea una única vez, con ese mandato criminal proferido por el tambaleante Kirill, según el cual “los hijos de los esclavos sólo pueden ser esclavos”.
No debe confundirse con un súbito rapto de optimismo de parte de Cronenberg: la virginal adolescente muerta al principio habrá de seguir inexorablemente muerta al final. Que es un final con una resolución aparente pero en rigor abierto, con una sucesión en la corona criminal pero también una sombría incertidumbre acerca de si algo habrá de cambiar realmente después. Es decir, el pequeño milagro de un nacimiento justo a tiempo, pero el presagio de más finales violentos para el futuro. Lo más cercano a una película de Navidad que nos haya ofrendado hasta ahora David Cronenberg.
martes, 29 de enero de 2008
28
Heath Ledger fue el rostro de la película, el que encarnó la complejidad y la impotencia mucho más que su compañero Jake Gyllenhaal. La nostalgia de Secreto en la montaña es la de añorar lo que nunca jamás sucedió: esa vida compartida de Jack y Ennis, ese amor completo que uno pide todo el tiempo —porque sabe que no sobra el tiempo— y el otro no puede, no sabe cómo dar. Es parecida la tristeza que impregna la muerte de Heath Ledger, que estaba a punto de ser una estrella y al mismo tiempo un actor respetado y versátil con I’m Not There de Todd Haynes (donde hacía a uno de los Bob Dylan) y The Dark Knight, la segunda parte de la saga de Batman de Christopher Nolan, interpretando a un Guasón joven y perturbado.
“La muerte de River Phoenix ha sorprendido y deprimido a todos los que conozco, incluso a muchos que hasta el momento habían despreciado al estrellato cinematográfico como una forma de hipnosis de masas producida por las corporaciones... Todos decimos que esto es raro. Raro que esté muerto, raro que nos importe tanto.” Esto escribía Dennis Cooper (el autor de la novela Contacto) en enero de 1994 en su columna de la revista Spin, dos meses después de la muerte de River Phoenix, un actor con el que Heath Ledger tiene bastante en común, empezando por el nombre excéntrico (¿qué clase de padres bautizan Heathcliff a su hijo?); también el antecedente de película-mito (Mi mundo privado), la preocupación por hacer una carrera seria, el favor de los directores talentosos, un perfil lo suficientemente bajo como para que sus excesos quedaran lejos de la vista del público, y la incuestionable belleza física. Pero Phoenix murió antes que Kurt Cobain, y aunque pasaron pocos años, quedó del lado de los tiempos más inocentes. A Ledger le tocaron años cínicos, los de la década del ‘90 y después: por ejemplo, nadie rezonga porque se vio por todas partes, en fotos gigantes, la imagen de su cuerpo saliendo del departamento en una bolsa negra, ¡si hay medios que ya tienen escrito el obituario de Britney Spears!
Pero sin embargo en estos días se cruzaron mails de gente que se sentía inesperadamente triste, tocada. O personas que se acercaban y decían pobre y qué lástima y qué raro, pero sobre todo qué pena, porque parecía uno de los buenos y de los llenos de gracia, uno que podía crecer y, aunque hiciera la divertidísima Corazón de caballero, no convertirse en Jude Law o Clive Owen o Ralph Fiennes o Josh Hartnett por nombrar a sólo tres o cuatro de las decenas de actores sin alma, porque movía los brazos con timidez en las entrevistas y tenía un encanto bien varonil, tosco en los bordes, de voz gruesa pero de sonrisa desarmante, porque era un chico provinciano (de Perth, Australia, la ciudad más aislada del mundo) que no parecía consentido, porque parecía mayor que su edad, maduro para sus años (28), porque no siempre, pero seguro a veces, en la pantalla, aquí y allá, aunque fuera sólo una ilusión, daba la impresión de que podía ser uno de los portadores del fuego perdido.



